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11 de octubre de 2008

El Gato


En una de estas mañanas lluviosas que invitan a la pereza suave de las sábanas, parece propicio inventar el elogio del gato. Confieso que estuve equivocado durante cierto tiempo respecto a la psicología de este pequeño ser misterioso. Creía adivinar en él y en sus pupilas magnéticas, una nostalgia de selva; su hosquedad, su orgullo ancestral y esa recogida actitud que asume en sus relaciones con el hombre, me hacían pensar que el gato, a la inversa de todos los animales domésticos, no había logrado adaptarse a la nueva vida familiar y conservaba siempre intacta el alma áspera de sus abuelos.

No es así. Entre todos los seres superiores, incluso el hombre, el ga
to es el que mejor ha sabido asimilarse a esta civilización artificial y deliciosa que se ha hecho en el mundo.

Ama el confrot; goza sin remordimiento (y en esto supera esencialmente al hombre normal que siempre se avergüenza un poco de haber gozado) de los cojines mullidos y de la tibieza iluminada y tonificante de las alcobas.

Su tacto siente con infinita precisión la voluptuosidad de las sedas y de los terciopelos; ama con exquisita sensibilidad femenina el lujo espléndido de los lechos y de las finas camisas perfumadas. Gusta de las buenas comidas porque su paladar, como en las razas viejas, se ha refinado hasta definir los sutiles matices de los sabores.

Entre la mayoría de los hombres hay una incapacidad manifiesta para adaptarse a la civilización que ellos mismos han creado. Se predica el ascetismo, el odio al mundo y hay quienes recomiendan y practican la vida primitiva de la selva. El gato, que posee el instinto griego de la sensualidad, ya olvidado entre los hombres, no contradice, no odia, sino que se entrega con abandono divino al goce de todas las comodidades. Por eso, es el que mejor comprende en el sentido asiático antiguo, que es el más bello y más noble sentido de la vida.

Odia el trabajo, dura maldición legendaria que entristece y esclaviza, y adora la pereza, que es la felicidad en su acepción más perfecta.

De sus instintos selváticos el gato solo no ha olvidado el amor. Pero, aparece que el amos es un impulso eterno y su práctica habrá que acomodarla a todos los conceptos de civilización.

En resumen; el gato, magnético, atravesado de fluidos extraños, que junta en sí mismo la espiritualidad concentrada y la sexualidad infinita, es la concreción ideal del tipo humano del porvenir.

El Espectador, Medellin, 13 de agosto de 1920