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1 de mayo de 2012

Comienza una historia (4)

¡Hola Amigos! Hoy les traigo un relato para una actividad propuesta por mi amiga y compañera Maga de Lin, del blog Escribiendo la noche. Ella nos ha pasado una imagen de Pieter Janssens Elinga llamada Mujer leyendo y que data de 1668-1670 y yo, he escrito esto:



El 25 de diciembre de 1670, Elizabeth Kettering había recibido un regalo de navidad. Envuelto en un hermoso papel dorado con un moño del mismo color. Su sorpresa fue inmensa pues no sabía quién podía haberle enviado tan hermoso detalle. Ella, una mujer sola, sin amigos. Elizabeth siempre había trabajado para la familia McGarret. Llegó allí con su madre cuando era una bebé de seis meses. Su madre había sido contratada para cuidar a William, el recién nacido, porque ese mismo día, la señora McGarret había muerto durante el parto.
La madre de Elizabeth tomó a William y lo trató como a su propio hijo. Así, los dos niños se criaron juntos, jugando y soñando. Aunque al llegar a los 10 años las cosas cambiaron pues Elizabeth debió dedicarse a trabajar y William debió dedicarse a los estudios y el esgrima, ya que su padre lo preparaba para que fuera una gran militar. Pero el cariño que unía a los niños era más poderoso que todas esas ocupaciones, así que William le enseñaba a Elizabeth a leer. Todas las tardes se escapaban. Leían juntos cualquier tipo de texto o libro que se cruzara por sus manos y les permitiera estar un rato juntos.
Elizabeth quitó el precioso moño dorado y abrió delicadamente aquel paquete, en su interior encontró un hermoso libro con una cubierta de cuero en la que se leía en letras doradas: “Diario personal”. La sorpresa fue tan grande que Elizabeth no pudo evitar una exclamación de asombro, pues supo de inmediato que ese cuaderno pertenecía a William, al menos, eso recordaba. Estaba confundida, no entendía bien quién pudo haber ideado una broma tan pesada. Cuando abrió el cuaderno para verificar que se trata del mismo, vio una carta perfectamente doblada: “Para Elizabeth” se leía. Ella la abrió y pudo ver lo que decía:
                “Querida Elizabeth:
                               Debes estar sorprendida por este regalo, pero no puedo traerlo conmigo. No quiero correr el riesgo de que mi mujer lo vea, sé que sólo tú puedes valorarlo. Sólo tú me conoces, me entiendes y comprenderás lo que en esas páginas está escrito. Perdóname por ser un cobarde y no decirte en persona todo lo que siento,
                                                                              William”
Elizabeth quedó confundida con estas palabras. No podía creer lo que había leído y mucho menos se atrevía a pensar que fuera cierto lo que interpretaba. Abrió el diario aún un poco indecisa y nerviosa. Lo cerró apresuradamente, lo apretó a su pecho y suspiró. Por unos instantes se quedó pensando, intentando calmarse hasta que tomó una decisión. Se sentó frente a la ventana y decidió leer.
Elizabeth estaba emocionada, suspiraba, reía, y hasta lloraba recordando algunas de sus vivencias con William. Al final, llegó lo inevitable: la tristeza de descubrir lo que tanto sospechaba. William la amaba, la había amado siempre como ella lo amaba. Pero William le temía tanto a su padre, a romper la reglas que había aceptado casarse con una mujer de su misma clase social, con el dinero que su familia necesitaba para no caer en la ruina.
Elizabeth, cerró el cuaderno de golpe, sintió un fuerte dolor en su pecho. Sollozó y metió la cara entre sus manos. Después de un rato se secó las lágrimas, se levantó, dejó el diario sobre su cama y se dirigió al baño. Sintió una fuerte necesidad de lavarse, de sacarse todo ese manojo de sentimientos que le había quedado luego de leer el diario, debía dar un paso adelante en su vida, al final, como había dicho William: era el momento de empezar una nueva vida.

Bueno mis queridos, les cuento que quiero continuarlo. Quiero contar lo que decían esas hojas del diario de William. Pero claro, para eso debo investigar un poco más de esa época. Así que seguro iré colgándolos por capítulos. Tanto acá como el wattpad. Así que nos seguimos leyendo...